Vivimos en la era de la información, una época en la que cualquier persona tiene acceso a todo lo que desee a través de Internet, que se ha colado en nuestras vidas y ha llegado a nuestros hogares, pero también a nuestros bolsillos. Queremos saber más, y tenemos todo el conocimiento del mundo a golpe de click. Sin embargo, seguimos siendo igual de manipulables, o incluso más, que en otras épocas. Porque esta era de la información ha traído consigo, de hecho, un exceso en esa información que recibimos, que es tanta y tan diferente que es prácticamente imposible llegar a discernir la auténtica de la falsa. Bulos y mentiras corren a sus anchas por redes sociales, e incluso son comentados también por periódicos supuestamente serios, que le dan altavoz a esas mentiras.
Algunas son muy graves. Otras simplemente nos hacen entender lo manipulables que somos a cierto tipo de marketing de producto. Por ejemplo, el hecho de comprar un tipo de sal u otro, dependiendo de lo que busquemos, de lo que queramos y de lo que necesitemos. Hasta hace un par de décadas, la decisión era muy sencilla, ya que no existían tantos productos relacionados con la sal. No era algo que quitara el sueño a nuestros padres. Sin embargo, en los últimos años, los supermercados han comenzado a introducir diferentes tipos de sal en sus estanterías, ofreciendo una mayor variedad a los clientes, como si cada producto fuera totalmente diferenciado del otro, aunque al fin y al cabo se trata de lo mismo: sal. Nosotros hoy vamos a concentrarnos en uno de los ejemplos más claros, la sal del Himalaya, un producto que ha ganado mucha popularidad en estos tiempos.
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